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Priscila Celedón

Priscila Celedón

El monstruo del miedo que controla a los colombianos

Hay premisas en la ciencia política que excepcionalmente no se cumplen, como la que señala que cada tipo de gobierno presente define el gobierno siguiente. Asimismo en relación con las guerras, se puede afirmar que la duración de una guerra determina la resistencia a dejarla y el tiempo que demorará reconstruir los daños causados.

Así las cosas, la guerra de 50 años que vivió Colombia y que finalmente se pudo acabar con un acuerdo de paz con muchos capítulos y subtítulos, ha producido efectos nefastos que no solo obligan a la reconstrucción de los territorios en conflicto, sino a la reconstrucción social, institucional y política de Colombia. Este esfuerzo requerirá mucho tiempo, recursos y varias generaciones.

Era muy posible que lo que resultara más difícil fuera que los señores, manejadores por años de los hilos de la guerra desde la política, permitieran darle “cristiana sepultura” a ese conflicto. Cuando se vive de la guerra o por la guerra, o se es importante por ser el “guerrero elegido” que defenderá a los inocentes de la inseguridad y el terrorismo, es imposible no resistirse a dejar la batalla y aceptar seguir por medios políticos las confrontaciones. Ahora bien, ¿se puede acabar la guerra en Colombia cuando las principales razones del conflicto permanecen?

Colombia desde su nacimiento como república ha vivido más tiempo en guerra que en paz. Los factores principales de la guerra siguen siendo el  abandono social y económico de grandes territorios y la desigualdad en el acceso a los servicios del Estado. Ahora bien, con el combustible del narcotráfico la guerra se recrudeció y la mayoría de los actores perdió el norte político por el interés económico.

Otro factor esencial de la guerra es la tierra, su propiedad y uso. Colombia es un Estado que se debate entre el feudalismo y la modernidad.  Todo gira en torno a la tierra. Quién es el dueño de la tierra, quién la cultiva y la trabaja, quién la mantiene improductiva, quién a sangre y fuego la usurpa, quién muere o mata por tenerla o mantenerla. Quién siembra en ella marihuana, coca o amapola, quién recibe a partir de ello la fumigación de sus cultivos, quién especula con su propiedad, quién cambia su uso de rural a urbana, quién la agrede con su explotación inadecuada, quién la invade, quién depreda bosques, reduce el agua, o la desvía, quién distribuye y comparte la productividad de la tierra. Todas estas preguntas evidencian la necesidad urgente de tomar decisiones modernas sobre ella.

La encrucijada de Colombia hoy es, entonces, trascender de un país que se resiste a dejar del todo el feudalismo a un país moderno y conectado, donde la tierra deje de ser un conflicto de propietarios legales e ilegales, a un espacio donde generar productividad y sociedad. Para hacer más difícil esa transición, los señores de la guerra son también los que a través de masacres y miedo aumentaron la propiedad de sus tierras, varios de ellos partícipes del negocio del narcotráfico.

Por otra parte, quien representa esta resistencia, Álvaro Uribe Vélez, fue a su vez quien defendió en un primer momento a los colombianos de la amenaza de la guerrilla llegando a las ciudades, luego de que el expresidente Pastrana evidenciara su desgobierno frente a ella, hace 20 años. Esta doble condición produce un enorme conflicto para el avance del país, ya que él ha construido en la mente de los colombianos una imagen de padre estricto y maltratador que también nos protege de peligros reales (del pasado) y de otros inventados, a partir de promover el miedo generalizado y vender la idea protección bajo el rótulo de “seguridad democrática”. Los miedos como estrategia son construidos a partir de realidades que sean palpables para los colombianos, pero una vez pierden su potencial peligroso o se desvanecen, ofrece un nuevo miedo. Así, un día es el miedo a los señores de las FARC tomándose el Congreso con el apoyo de los colombianos; otro es que la izquierda es el coco en América Latina, y otro más espeluznante, que nos volveremos como Venezuela, y por supuesto se perderá la propiedad privada y todos quedaremos en la pobreza.

 

Este modelo de padre estricto es el mismo que han construido con éxito los republicanos en los Estados Unidos, y que les ha asegurado por años ser el partido más votado. En Colombia este modelo ha ido produciendo cambios sustanciales que nos impedirán generar una verdadera democracia, con sus ventajas en igualdad, cuidado del medio ambiente, transparencia, solidaridad, respeto y aceptación por la diferencia. Así como Bush en los Estados Unidos creó guerras que no tenían sentido aprovechando el atentado a las Torres Gemelas para ir mucho más allá de los terroristas y su objetivo, aquí el poder y la guerra se justifican en el miedo, cargado de humo no perceptible para el inconsciente colectivo de muchísimos colombianos.

De nada ha valido mostrar la evidencia de hechos delincuenciales, masacres y falsos positivos (nombre creado seguramente para que no se hablara de la masacre de los jóvenes esperanzados por empleos). Los efectos de construir un modelo manipulador de padre estricto ya han causado lamentables resultados en la sociedad y la población colombiana, entre otros: el fin de los partidos políticos, atomizándolos, a partir de microintereses sin ideología, en nuevos movimientos políticos mal llamados partidos. El segundo efecto es el evitar que se conozca la verdad de quiénes han sido los actores de la vida civil, económica y política que están detrás de la guerra y de qué son responsables (financiadores, directores de masacres, compradores de tierras ilegales, narcotraficantes, etc.). Otro de gran importancia es la causación de daños enormes al ambiente sin que haya ninguna resistencia, como Hidroituango. Otro efecto nefasto es la reducción de la inversión en programas sociales (por algo estamos en los peores ranking sociales en cuanto a maltrato infantil, desigualdad, desnutrición, etc.) para dirigir estos recursos en la reducción de impuestos a los más pudientes, igual que en los Estados Unidos. Se consolida así una población que sigue ciegamente a su líder mesiánico, a quienes les redefine, con ayuda de algunas nuevas iglesias y líderes antivalores, los conceptos del bien y el mal. Ello recuerda la Alemania Nazi, donde su población disfrutaba de una mejor economía y nunca se quiso enterar de la guerra que ocurría en su periferia, hasta cuando fue demasiado tarde.

Han convertido un país reconocido por sus ideas liberales en uno  que respalda una extrema derecha sin reflexionar, expuesto a la invasión de noticias falsas que difícilmente se pueden distinguir de las verdaderas, y que se vuelve cada vez más intolerante y temeroso; que deja de creer en un Dios protector y benefactor por uno castigador pero aparentemente justo (v.gr. “a este país lo está matando la pereza”). La justicia es así una deformada imagen de disciplina y de respeto ciego al padre estricto, que determina a los que hagan dinero como disciplinados y merecedores, y a los demás como merecedores de su infortunado destino por alguna acción equivocada en su vida.  Esta confusión que promueven fusionando lo civil y lo religioso supuestamente se había resuelto en la Constitución de 1991, pero poco a poco nos vuelven al pasado, al desastre de las nefastas épocas de la Constitución de 1886 y sus efectos en pocos derechos, distribución inequitativa de los recursos, y perpetuación de la desigualdad. La población entregada y sin capacidad de reacción es la misma que enfurecida y con miedo votó no a la paz.

Así se controla y se evita avancemos en la construcción de los derechos civiles de tercera y cuarta generación. En sí, la versión republicana de Colombia es una versión que, como siempre que copiamos algo del exterior, se convierte en un monstruo espantoso, una versión de sociedad mafiosa patriarcal en donde cunde el miedo y la confusión, y donde nadie sabe a ciencia cierta porqué tal o cuál dirigente hace tal o cuál cosa. Un par de ejemplos: por qué el expresidente Gaviria, descuaderna el Partido Liberal, y entrega a sus opuestos tradicionales; por qué alguien como Sergio Fajardo, que vende esperanza anuncia que no se volverá a presentar como candidato, y ahora afirma que dos opciones tan opuestas para elegir en segunda vuelta son iguales, y por tanto votará en blanco; por qué impera el silencio en los acuerdos de todos los políticos que como por arte de magia se unen al representante de esta perversa corriente del pasado con cara de joven del presente, que nos quieren vender como si fuera Trudeau o Macron, insistiendo en nuestra gran ignorancia de la política, como el planteamiento de parecernos a Venezuela.

Todo esto se ha cocinado construyendo un modelo colombiano de la teoría del padre estricto, en la que han invertido y trabajado los republicanos americanos, y que usa el mensaje, la palabra y el lenguaje corporal del candidato para disfrazar permanentemente, como bien lo señala el lingüista George Lakoff, uno de los más importantes comunicadores políticos contemporáneos, las acciones a proponer, a partir de sus opuestos en temas claves del desarrollo; por ejemplo, “política de cielos limpios”, cuando se pretende contaminar el aire; “política de alivio fiscal” cuando se reducen impuestos a los ricos soportados en la reducción de programas sociales; entre otros.

En la campaña presidencial de Iván Duque, entrenado y preparado en el laboratorio uribista del padre estricto, los comunicadores políticos contratados han realizado muy bien su trabajo; se ha vendido muy bien esa imagen del hijo bondadoso, que en su foto ruega confianza y que en ese movimiento aprendido de sus manos quiere y logra vender a un hombre sincero que habla desde el corazón. Este marco de padre estricto infortunadamente no es visible para los ciudadanos, pues busca llegar al inconsciente colectivo  y manipularlo suavemente a partir de los valores familiares. Así el ciudadano siente confianza, piensa que este amable y educado joven no colaboraría nunca en una guerra y mucho menos generaría mayor desigualdad y corrupción.

Así se hace la política moderna, acabando con la democracia, pero la gente parece contenta con el simpático joven que nos representará en el mundo de los Macron, Trudeau y demás líderes mundiales que realmente están preparados, son autónomos y defienden los derechos humanos, los sociales y el ambiente. Colombia necesita que le regalemos unas horas de lectura a nuestra historia reciente, revisar los programas de gobierno, buscar en Google cuando no entendamos algo, y eso sí, evitar a toda costa el miedo inserto en las noticias falsas que hoy pululan en la red; revise que lo que está leyendo sea cierto y no difunda miedo por diversión. Lea entre líneas, como cuando nos van a estafar en la calle, y por supuesto, lea sobre las nuevas formas de comunicación y neuropolítica. Hay que decidir el 17 de junio si prefiere vivir en el pasado, o aún con dificultades superar el miedo para trascender hacia la modernidad. No se garantiza un mundo ideal con Gustavo Petro, sin embargo, es una relevante transición frente a un mal ya conocido, basado en la mentira, el miedo y la muerte. Uribe es una certeza llena de hechos como los de su gobierno, Petro una transición que aún vendida como peligrosa, es más valiente y consecuente. Ahora bien, tranquilos, él no podrá hacer cambios drásticos porque todavía tenemos división de poderes y tendrá casi todo el Congreso en contra, por tanto no tendrá libertades para hacer nada catastrófico; el otro tiene a casi todos con él, de manera que sí podría hacerlo.

Los colombianos somos un pueblo valiente, dejarnos llevar del miedo es perder para cada uno y sus hijos, esa nueva oportunidad sobre la tierra en este siglo XXI, que nos recordaba García Márquez.

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