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Priscila Celedón

Priscila Celedón

La lenta pero inevitable caída de la Globalización (1)

Asistimos un poco aturdidos a la caída lenta pero segura de la globalización en el mundo. Las revueltas especialmente de jóvenes del Reino Unido, Hong Kong, Barcelona, Ecuador, Bolivia y Chile, así lo evidencian.

En el mundo el malestar en la globalización, como lo pronosticó Joseph Stiglitz -Premio Nóbel de Economía- ya no puede detenerse, los temas nacionales y locales pueden ser diferentes, pero por encima de ellos, existen problemas generales que unen a todos los ciudadanos del mundo: vivir en democracia, el cambio climático y la protección ambiental, y el bienestar basado en recursos adecuados y distribución equitativa. Por ello este malestar viene aumentando y extendiéndose por todo el mundo. La globalización y los mandatos equivocados de sus organismos principales (FMI y OMC entre otros), han generalizado la desigualdad, el deterioro de los servicios sociales -en especial la salud, los salarios y las pensiones-, las condiciones y valores del transporte público, y han priorizado la liberación de los mercados, los beneficios para las multinacionales y los monopolios, por encima del bienestar ciudadano.

Entre los efectos más nefastos del modelo descrito anteriormente, está el gran estímulo a la corrupción internacional. De tal manera que pasamos de una corrupción local ya crítica, a una globalizada. Frente a este boom financiero en manos de pocos, el discurso de los dirigentes para ocultar esta injusticia ha estado dirigido a culpar ideológicamente a sus opositores. Las redes sociales se convirtieron en su megáfono, para extender cortinas de humo que esconden sus negocios ilegales y las razones de indignados y jóvenes para denunciar tan grave injusticia social y la forma como les limitan las oportunidades de un futuro de bienestar. El lema de la dirigencia mundial parecería ser: “mayor poder y dinero, cueste lo que cueste y caiga quien caiga”.

Con el destape de hechos de corrupción internacional como los de Odebrecht, se ha abierto la caja de Pandora de la corrupción latinoamericana. Generándose un número de investigaciones paralelas a los altos gobiernos de Suramérica, nunca visto antes en la historia subcontinental, con más de 12 expresidentes investigados, varios presos, otros huyendo y un suicidio. Otros procesos de grave y extendida corrupción son los protagonizados por varias empresas españolas de servicios públicos, que comandaron la llamada “recolonización española” de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Empresas que exportaron todo tipo de trucos y malos manejos para apropiarse de recursos a partir del control de los servicios de agua, energía y telecomunicaciones, entre otros. Son estos ejemplos, solo la punta del iceberg del deterioro de la gestión pública que ha estimulado la globalización.

Sin embargo, los efectos de la globalización están afectando casi por igual a países ricos y pobres, a países latinoamericanos y europeos, de manera que se ha globalizado el malestar y el descontento se hace escuchar en todos lados.

Las sociedades han sido lentas en el reconocimiento y respuesta a esta situación, que poco a poco se ha convertido en una carga explosiva de alto poder en materia de injusticia social. El ciudadano ha recibido a cuenta gotas, día a día, los efectos del salario inequitativo, los servicios deficientes que causan muertes, el alza descontrolada en medicamentos, los altos costos de la educación, los malos servicios públicos, y las torturas y alzas en el transporte público. Todos servicios administrados en pocas manos y de altas utilidades para los más ricos, que han sufrido, sufren y pagan las clases medias y bajas. Población que ha vivido diariamente las injusticias y ha acumulado los malestares que ellas producen, en especial si se asume casi anestesiada -como hasta hace poco ocurría- que hay pocas esperanzas de cambiar positivamente estos desequilibrios.

Con todo y de forma casi inesperada, las sociedades han ido despertando, acorde con sus propias dinámicas, gobiernos y condiciones nacionales. Han comenzado a manifestarse, en Europa desde hace más de una década -con el movimiento indignados principalmente-, frente a las sedes de las organizaciones que representan esta globalización injusta, y sus eventos principales, entre ellos el Foro Económico Mundial, que reúne a los dirigentes emblemáticos de este modelo económico. Es relevante señalar, que en Brasil nace como respuesta a ese evento, el Foro Social Mundial, que plantea alternativas a este modelo económico y nuevas opciones para las economías de los países en vías de desarrollo. Sin duda, han sido varias las arremetidas de la sociedad buscando recuperar las condiciones de bienestar, sumada a la nueva gran preocupación: los efectos acelerados del cambio climático, dado que, acorde con los análisis científicos, pueden llegar a un punto negativo de no reversa para el planeta y todos los que vivimos dentro.

Dada la poca atención de los dirigentes mundiales que impusieron la globalización a los dirigentes nacionales, que ejecutan sus órdenes y paradójicamente les piden apoyo para “hacerlo mejor”, se ha incrementado la protesta ciudadana, que busca ser escuchada y atendida en sus urgentes necesidades de cambio de políticas.

De los indignados de la primera década del siglo XXI, sumado a los choques racistas, el temor y desprecio a los migrantes -se evidencia especialmente en la adolescencia de una generación migrante musulmana despreciada en Europa-, el agravamiento de las condiciones sociales unida a la observación del aumento de la riqueza mundial en pocas cabezas; se ha llegado a esta generación de millennials, internautas nativos, que se comunican velozmente entre ellos, sean del país que sean, que comparten molestias y no tragan entero ni sienten temor al manifestar sus inconformismos. Millennials que identifican claramente la injusticia social y se resisten a aceptarla. Son ellos quienes convocan las marchas, quienes comparten el liderazgo en ellas, y quienes los medios y dirigentes quieren desvirtuar. No hay duda, en el caso latinoamericano no son “mamertos, ni castrochavistas, ni nada parecido”, eso es lo que desearían fueran los representantes de los establecimientos globalizadores, para desconocerlos y engañarlos más fácilmente. Esa noticia falsa se cae de su peso, y no incide en nada, solo sirve para alimentar a los fanáticos de unos cuantos grupos políticos latinoamericanos cada vez más decadentes.

Mucho va de la generación de los baby boomers, nacidos en la esperanza de un mundo de postguerra que se recomponía, donde la moda, la música, la revolución sexual y laboral fueron sus banderas en medio de la guerra fría y la guerra de Vietnam. En América Latina esta generación en su mayoría nació bajo dictaduras y solo al final de su infancia o comienzos de su adolescencia supo lo que era la libertad. Esta generación paradójica, que abrió el espacio para libertades fuertes pero que al tiempo vivió la opresión de dictaduras de años y años, hizo su trabajo pero hoy no encuentra salidas a la crisis actual. Esa generación quizás agradecida con los cambios que le correspondieron, hoy en los cincuenta, sesenta y setenta años en general, no es la que marcha en forma masiva, no es la que cuestiona más allá de su casa y oficina, ni la que defiende firme sus derechos sociales ante las entidades correspondientes, posiblemente porque ya defendió demasiados años cambios constitucionales y de gobiernos. Pero esa generación sí está apoyando a los jóvenes que valientemente están cumpliendo su responsabilidad social y política.

Como bien lo visionaron grandes pensadores como Humberto Eco, Manuel Castells, Saramago, Foucault y Bauman, y hoy lo pueden identificar estudiosos como el historiador Yuval Harari y Malcolm Gladwell, estamos en un momento de la historia de grandes cambios, pero también en un rápido volver atrás a nivel social y político, paradójicamente en una era que tiene como baluarte la revolución tecnológica, que hace que ya nunca volvamos a ser los de antes, conectados las 24 horas del día. Una época que ha traído consigo las fake news, donde resulta muy difícil saber qué es falso y qué verdadero, en medio de la confusión creada y recreada por sus promotores. Con todo, es una era con mejores recursos y posibilidades que la de la revolución francesa, donde es muy fácil el intercambio entre ciudadanos del mundo y sus sociedades, donde se puede y lo han hecho, unirse y ponerse rápidamente de acuerdo para defender en forma “globalizada” los intereses mundiales, siendo la decadente globalización económica el enemigo común.

Todo parece indicar que estamos en presencia del “punto de quiebre” que llama Gladwell -término de la medicina que lo asimila a los acontecimientos sociales-, para señalar cómo las pequeñas cosas pueden generar cambios significativos. Así cae lentamente la globalización en medio justamente de fuertes revueltas “glocales”, y con ella la democracia liberal como la habíamos conocido. Esa misma democracia liberal que años atrás fuera anhelada y diera felicidad, como opositora a los gobiernos dictatoriales y al gobierno de los países de la cortina de hierro. La caída del muro de Berlín en 1989 mostró las otras caras de Europa e implicó el nacimiento de la Unión Europea y la admiración de sus más aventajadas democracias: las nórdicas. Hoy cae la globalización, en medio de una Unión Europea en crisis, con uno de sus principales bastiones saliendo de su comunidad: el Reino Unido.

Fuente Viñeta: Mafalda – Quino.

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