Priscila Celedón

Priscila Celedón

Gobernantes mentirosos

La historia es amplia en ejemplos sobre el manejo de la mentira por parte de gobernantes de diversas culturas, profesiones e ideologías, que han construido visiones irreales sobre la situación de sus ciudadanos y territorios. En muchos casos, estas falsedades fueron explicadas por las necesidades basadas en estrategias de guerra, comercio, relaciones de poder, requerimientos de respaldo de sus pueblos o en general, centradas más en razones, que en enfermedades de los dirigentes. No obstante, varios gobernantes reconocidos en la historia mundial sufrían trastornos psiquiátricos, físicos o condiciones especiales.

Muy probablemente, como señaló el escritor Gabriel García Márquez, “la vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla”, por tanto, muchos de los grandes líderes del pasado hasta solo hace unos cuantos siglos, han sido descritos en su personalidad, gestas y estrategias, más como los pueden reconstruir sus historiadores que como efectivamente hayan sido como dirigentes. Afortunadamente, desde hace un poco más de 100 años, se cuenta con herramientas para recoger información, comprobar hechos, comparar versiones, y si venimos a tiempos más recientes, hay numerosos documentos tanto impresos como magnéticos, periódicos, grabaciones de sonido y video, que pueden reconstruir de manera más precisa, la vida de cualquier líder, por lo menos del siglo XX hasta hoy.

Paradójicamente, es en esta época más que en cualquiera de las anteriores, donde la proliferación de noticias falsas, mensajes confusos y rumores de conspiraciones, ponen en duda realidades verificables. Cuando más conocimientos tenemos a la mano, mayor número de fanáticos ideológicos se apoyan sin revisión alguna, en los planteamientos de sus ídolos.  Lo anterior, hace mucho más difícil, la labor del periodismo y la investigación social, pero a la vez más importantes para distinguir lo falso de lo verdadero.

En medio de este entorno profundamente confuso y deliberativo, donde hay seguidores para todos los gustos e ideologías, los dirigentes vienen mostrando una mayor tendencia a presentar a sus ciudadanos, visiones irreales de las situaciones que viven o los afectan. Si bien existen varias alternativas para clasificar a estos dirigentes, que ya no son minoría en el mundo, vale la pena considerarlas e identificar en cuáles de estas clasificaciones pueden encajar cada uno.

En primer lugar, están los populistas más reconocidos en esta década, Trump, Bolsonaro y Maduro, solo para citar ejemplos en América, quienes, sin ningún gesto de vergüenza o duda, vociferan exabruptos que ofrecen a su fanaticada como verdades incontrovertibles, al tiempo que el resto de los ciudadanos de sus propios países y del mundo, sabe que son mentiras aberrantes, imposibles de justificarse en confusiones. Sin duda, solo intereses personales ocultos o sus claros rasgos psicopáticos, pueden explicarlos. En estos casos, se estimula claramente la violencia con cada arenga cargada de mentiras, y resulta imposible generar claridad a sus fanáticos, quienes actúan casi hipnotizados producto de la ignorancia, y siguen sus planteamientos y orientaciones hasta llegar, en los casos más graves, a violentar a los demás para defenderlos. Normalmente al interior de sus equipos de gobierno, sus miembros actúan sesgados por miedo o para preservar sus trabajos, así acompañan y ponen su prestigio en riesgo, para respaldar mentiras evidentes.

Por otro lado, están los dirigentes con rostros afables y aparentemente confiables, que igualmente afirman falsedades con aparentes sustentos técnicos -basados en estadísticas falseadas o mal interpretadas-, y con respaldo en documentos, material fotográfico o audiovisual, también manipulado. En estos casos, resulta imposible desconozcan su falsedad, sin embargo, ante la dura realidad que ellos han creado o han encontrado y no han podido o querido resolver, eligen mentir. Aquí cito a un amigo psiquiatra, que señala este es el actuar de los alcohólicos, con una estrategia de negación y proyección, es decir, yo no lo he hecho, y la culpa es de otro. Cuando hay claridad, que ellos sí son los causantes, saben lo que está pasando y lo que van a hacer a espaldas de la población.  En consecuencia, no muestran mayor empatía con los ciudadanos y actúan disociados de la realidad.

En una tercera categoría, están los que se rodean de aduladores, supuestos expertos temáticos, y pareciera que, inconscientemente buscan los engañen con cifras, encuestas y respuestas ciudadanas, que los hagan sentir queridos y aprobados por la comunidad, ante la que se muestran afectuosos y cercanos. Prefieren no ahondar ni exigir más datos y acciones, ni comprobar por sí mismos los que se dice de ellos en redes sociales, prensa no oficialista y otros medios que no estén bajo su control. Así pueden vivir su fantasía.

Hay una característica común en las tres clases de gobernantes mentirosos, su sobre exposición al público, creyendo que así validan sus mentiras. Ocurre que agravan sus efectos en la ciudadanía, fortalecen a sus fanáticos, y enfurecen a la población que percibe como un acto de cinismo la imposición de la imagen del dirigente junto con un libreto de mentiras, o de mezcla mentiras y verdades. A propósito de esto, los programas presidenciales en televisión, deberían ser periódicos y representar información y compromiso de los dirigentes y no la construcción de una realidad paralela que se ofrece digerible y cómoda a los ciudadanos.

Es claro que, con el deterioro de las democracias liberales, se expande el populismo y con éste, el incremento desmedido de mentiras y manipulación, que a través de las redes sociales y su potencial amplificador, se convierte en una máquina explosiva de enorme impacto. Por todo lo anterior, los gobernantes que buscan hacer su trabajo de la mejor manera, deben cuidar mucho su imagen, su lenguaje corporal, voz y palabra, para que entreguen de forma íntegra y soportada en la realidad sus mensajes y se comuniquen con eficacia. La sinceridad y coherencia de un gobernante, es mucho más poderosa aún que la bomba explosiva de los populistas. Si no, revisemos el impacto de Jacinda Arden en Nueva Zelanda, Ángela Merkel en Alemania o en el pasado reciente, el de Nelson Mandela o José Mujica. Todos ellos dirigentes coherentes y sinceros, que no solo aportaron a sus ciudadanos, sino a los ciudadanos del mundo.

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