Priscila Celedón

Priscila Celedón

La dura transición a una Colombia moderna, en paz e igualitaria

Estaba mirando un documental en el Canal del Congreso sobre las personas que más sufrieron la guerra, y me impresionó mucho cómo ellos se sorprendieron cuando el gobierno los reconoció y le dio la denominación de víctimas, ellos decían con una sonrisa ingenua, que no sabían qué era eso. Esa sonrisa se repite en el documental para señalar que la Ley de Víctimas les significó algo positivo en medio de sus tragedias. Me pareció muy conmovedor ver a estas personas recuperando su vida, su alegría, su esperanza, descubriendo cómo era recuperar su libertad interna, su posibilidad de recorrer su entorno sin miedo,  disfrutando los pequeños gustos y hábitos como poder ir a pescar, decía alguno. Al final apareció una presentadora y dijo que para más información podíamos entrar en la página www.unidadvictimas.gov.co
Entonces vuelvo a reflexionar sobre mi decisión de voto, y ratifico que lo único que nos puede unir son los valores, y estos son esenciales: la vida, la paz, la tranquilidad y la libertad en todas sus expresiones. Y por supuesto asumir en nuestro nuevo lenguaje de reconciliación,í el valor de la igualdad, que nos está costando tanto, siquiera imaginarlo.
Entonces y siguiendo el orden de valores en positivo, voy a votar por ellos, por la vida, la sonrisa y la recuperación de la alegría y la tranquilidad de los colombianos que han vivido, sin razón y en su mayoría inocentes, las agresiones de todos los actores de la guerra. Si bien reconocer que todos somos diferentes y pensamos diferente, como así de hecho funciona el cerebro,  no significa creer que pueda haber dos éticas para respetar y priorizar la vida, dos éticas para vivir la tranquilidad, dos éticas para acceder y compartir el principio superior de la paz. Ahora bien esta es una visión de la vida desde el amor.
 
La visión de la vida desde el miedo es otra cosa, el miedo es la energía más baja que pueda experimentar el ser humano, y por ende, es una energía individual, que separa, que distancia, que no puede generar unión, que no puede generar desarrollo, que no puede sino servir para proteger ciegamente lo individual “lo mío, mi espacio, mis amigos, mi familia, mis propiedades”, conceptos completamente válidos, pero excluyentes para la conformación de una sociedad que debe reconciliarse y por tanto pensarse en colectivo sin dejar de reconocer sus requerimientos individuales. No es posible para una sociedad reconciliarse, si arranca del miedo. Se imaginan a Hitler como instrumento de reconciliación, o a Franco, o a Pinochet, o a Pablo Escobar, o a tantos temidos individuos que controlaron por intereses individuales a grupos humanos por un determinado tiempo a través del miedo, que  a veces pueden encubrir con una máscara poco creíble de engaños sutiles, pero que en el individuo, inyectado por el miedo, se asumen como realidad aplastante en una especie de mecanismo de defensa interna ante la posibilidad de confrontación.
 
El miedo mayor es el miedo al cambio. Si como individuos nos cuesta tanto cambiar (al punto que en vez de asumir una positiva autocrítica y acometer cambios , preferimos el cambio por shock, es decir, después de haber ocurrido algo trágico que nos obliga irreversiblemente a cambiar), el cambio colectivo resulta aún más difícil. Se prefiere  entonces como dice la canción “más vale mal conocido que bueno por conocer”, y así terminamos llevando a nuestra sociedad  a cambiar irremediablemente por shock.
 
Esto le está pasando a Colombia, no hay duda que cada colombiano sabe quiénes están detrás y quienes delante, y quiénes rodean a este joven adulto de cara bonachona y suaves maneras, que no se ha ensuciado en palabras ni así sus redes sociales, con toda la suciedad que lo rodea, con todas las agresiones del colectivo que lo respalda, sin embargo, una buena parte de los ciudadanos quieren creer que sí es cierto ese cambio, que sí es posible que ese producto político construido perfecto en un laboratorio responda a lo esperado; quieren creer que ese chico que según su entrenamiento y libreto, mueve sus manos para garantizarle al inconsciente colectivo, que es sincero, habla  desde su corazón y dice lo que desean escuchar, va a resolver la situación de transición de la guerra a la paz, del feudalismo a la modernidad.
 
Esa Colombia que vivió la guerra desde la tv, logrando con éxito cambiar de canal en los momentos más dolorosos o denigrantes,  no quiere pensar que debe poner más de sí para que el país pase la página de la guerra, sino todo lo contrario. Ese país que mezcló durante varios siglos el poder religioso, político y militar, por los que muchos murieron en el proceso confuso de intereses de élites; ese mismo país que hoy en la normal transición de la guerra a la paz, y del pasado al futuro,  exacerba las prácticas del pasado,  queriendo entregar su responsabilidad y poder a otros para que resuelva los problemas, multiplicándose así entre otras instancias, las iglesias en el país y tras de ellas al parecer, individuos con intereses claros de poder político.
 
Me he preguntado con insistencia, ¿cuál es la razón para que un hombre beligerante, con un fuerte ego, confrontador y petulante, sea hoy el representante de esa otra Colombia que quiere la paz, la justicia social, la igualdad, un ambiente sano y un nuevo concepto de desarrollo? De hecho pudieran haber sido otros dirigentes más pacíficos, más carismáticos, más tranquilos, más conciliadores. Luego de mucho pensarlo me he respondido que era lo lógico en este momento de cambio y transición, así ha pasado en muchos lugares del mundo. La transición llega de la mano de los que batallaron en el proceso, como si esa lucha frontal terminara por otorgarles ese papel de compensación y cambio en la historia. Este Petro que persistente y valiente abrió el debate de los desaparecidos, de las masacres, de la parapolítica y de tantos otros temas nacionales neurálgicos, que se confrontó con todos, que en ese medio político se creció y debió defenderse de una clase social que lo estigmatizaba y lo quería reducir y silenciar, no es sino producto de las circunstancias del país y de sus propias circunstancias, por tanto es lógico que le corresponda este momento histórico. No significa que su discurso no intente recoger lo que por varios siglos ha quedado rezagado en el país, que quiera hablar de todos los temas espinosos y complejos, que pretenda en 4 años recuperar el tiempo perdido de más de 2 siglos en materias claves del desarrollo, que por obvias razones no será posible ni en una 3ra parte avanzar en ello, que no puede entregar aunque quisiera, todas las respuestas para las deficiencias del país, que se percibe demasiado beligerante y ególatra. Sin embargo, estoy convencida, su papel en la historia va a ser esta transición, ya sea ahora o en 4 u 8 años, o de alguna otra forma acorde con lo que ocurra en los próximos días y meses.
 
Desconocer lo que ocurre, esa resistencia feudalista que engaña y genera miedo para mantener controlada a la población y con ella sus privilegios, que utiliza al Ser Superior que habita el interior de cada uno de nosotros para manipular creencias y fortalecer la relación iglesia – poder político (que costó separar y resolver casi 100 años) que no ha podido siquiera reconocer que de la mano de uno de los más representantivos  personajes  del poder político nacional, como el Presidente Santos (al que han vilipendiado y creado toda la publicidad negra posible), es una clara muestra de la pérdida de lucidez nacional. La historia no hay duda que reconocerá a Juan Manuel Santos, como el gobernante que comenzó en el país el cambio hacia un verdadero Estado moderno, que bajo su mando Colombia recuperó su respeto internacional, acogiéndose la paz y su apoyo en todos los ámbitos del sistema internacional. Valorado hasta  el punto de darle un Nobel de Paz, a su esfuerzo por acabar un conflicto interno de más de 50 años.
 
Ahora bien, la sociedad mafiosa, la corrupción y los intereses individuales que representan la sociedad que debe quedar en el pasado,  ya no hay duda ha permeado la mayoría de los estamentos del Estado, el mundo empresarial, los escenarios sociales y hasta los más íntimos como las creencias y relaciones de la persona con su ser superior. Esta degradación es fácilmente explicable como producto de una guerra de tanto tiempo, cuyo combustible de los últimos casi 40 años fue el narcotráfico, y su número de muertos mucho mayor que los puestos por los países que duraron más de 50 años de dictadura.
 
En tal sentido, los que en medio de los efectos de la ceguera colectiva que señala Saramago, y de una comunicación política invasiva y agresiva, basada en la manipulación del inconsciente y sus graves efectos individuales y colectivos, podemos ver algo  más, tenemos la gran responsabilidad de acompañar, persistir y no desistir en la construcción urgente de la Colombia moderna, en paz e igualitaria, de tener como meta el lograr diseñar y transitar este camino en el menor tiempo posible (ojalá sea muy pronto y si se demora que no sea más de 4 u 8 años). El ingreso efectivo de Colombia a la modernidad, y con ella a la vivencia real de los valores de libertad, igualdad y solidaridad; y a los derechos de tercera y cuarta generación, entre los que se encuentra el derecho a la paz, a un ambiente sano, a la sociedad de la información, y la seguridad digital, es el sueño colectivo al que debemos seguir poniéndole colores, llenándolo de juventud, estimulando nuevos líderes, para finalmente dejar atrás las viejas ideologías de la derecha y la izquierda, y como el ave fénix resurgir de las cenizas del conflicto en el cuerpo de una sociedad que puede unirse por grandes intereses, más allá de la fiesta del fútbol. 

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